Llega el lunes. Había pasado un fin de semana tranquilo y aburrido esperando con ansias que llegue este día, esta hora, este momento. Hoy, más que otras veces, dediqué más tiempo a arreglarme y producirme solo para él.
Me encuentro en la estación, llegué un poco antes impulsada por mi ansiedad y mientras aguardo la llegada del tren, camino por la estación y a cada minuto me asomo para ver si se aproxima. Veo que viene a lo lejos, luego comienzo a escuchar la campana. Un nerviosismo y miles de pensamientos me invaden: ¿qué hago cuando subo?, ¿lo miro?, ¿le sonrío?, ¿me hago la indiferente?… y cuando quiero darme cuenta el tren se detiene delante mío. Las puertas se abren y subo, está lleno, no hay ningún asiento libre, observo que el chico del tren esta sentado así que opto por quedarme parada con la vista en dirección a él. Al vernos, con un gesto nos saludamos desde lejos. El tren arranca y yo, como siempre, saco mi libro de la mochila y comienzo a leer, pero a los pocos minutos no resisto, es más fuerte que yo, y levanto la vista. Lo miro pero desvío la mirada casi inmediatamente intentando retomar la lectura porque él también me estaba mirando. Al igual que otras veces, quiero evitar sonreír pero es imposible, la sonrisa se me escapa. Desde donde estoy, intentando que parezca que estoy concentrada en la lectura, observo que el chico del tren se levanta de su asiento, disimuladamente miro qué hace y veo que le cede el lugar a una señora. En ese momento, nuevamente nuestras miradas se encuentran y ambos sonreímos. El tren continúa su recorrido y unas estaciones antes de llegar a destino, la señora a quien le cedió el asiento se levanta y desciende del tren. Él me mira y con un gesto me ofrece el asiento. Le sonrío y me acerco, le doy las gracias, me siento y continúo con la lectura sobre la que no logre avanzar.
De pronto lo pierdo de vista, pero no quiero darme vuelta para ver donde está, así que intento mirar de reojo, y veo que está sentado en el asiento de atrás.
El trayecto del tren está por terminar, estamos llegando a la última estación. La ansiedad, por querer mirarlo es más fuerte que yo, así que comienzo a prepararme para descender. Me levanto y me dirijo hacia una de las puertas, desde donde lo observo. A los pocos segundos él también hace lo mismo y se coloca enfrente mío. Nos miramos, él esta escuchando música y desde la distancia que nos separa me pregunta:
“Nombre”
Un nerviosismo recorre mi cuerpo, y con todo mi esfuerzo trato de responderle sin que note cómo me siento:
-Clara. ¿El tuyo?
-Octavio. Responde.
Se acerca y nos saludamos, el tren llega a la última estación y descendemos. Mientras se enciende un cigarrillo, me pregunta a donde voy, qué hago y esas típicas preguntas que uno hace cuando conoce a alguien.
Llegamos a la entrada del subte y nos despedimos, él comienza a bajar las escaleras y yo inicio mi caminata hasta el trabajo, feliz porque ahora sé el nombre del chico del tren.
Que importante es ser mirar y ser mirado por el otro... y cuanta importancia damos al otro q hasta el cuerpo no resuena en nerviosismos...con sonrisas... q linda historia prima..
ResponderEliminarbesis y me encanta segui asi
Daia Moritan
Pd: Ya tamos para escribir el libro ehhh ... a cuantas nos habra pasado lo mismo q a Clara yendo al laburo.....en q seguira... jajaja